
La tradición de las hogueras de San Juan se ha ido formando a lo largo de los siglos en un rito sincrético en el que se mezclan componentes místicos, religiosos y paganos como la adoración al fuego y el resto de elementos de la Naturaleza, creadores y destructores de la vida, con costumbres con cierta explicación científica, como la quema de rastrojos para fertilizar la tierra tras la recolección de la cosecha.

Las culturas antiguas, ya fuera la cretense, la helénica, la etrusco-romana o la ibérica, nos han legado esos ritos y costumbres de componente místico donde predominan la preocupación del hombre por la identificación con la naturaleza y la purificación a través del fuego el agua, la tierra y el viento. La noche San Juan se convierte en un homenaje a la Madre Naturaleza que nos ofrece misterios con los que el hombre ha convivido miles de años. En esas fechas vivimos la noche más larga del año, la llegada de una nueva estación, la estación de la cosecha, y el solsticio de verano: el mayor acercamiento de la Tierra al planeta que nos da la vida entre los días 21 y 24 de junio.
Así ocurre en la hoguera de San Juan, donde se queman los malos augurios en forma de objetos del pasado y se piden los deseos al mar. Ocurre así, especialmente en la forzosa adaptación de esta fiesta religiosa y pagana en las playas de los paises donde se tiene la costumbre de festejar esta noche mágica, donde miles de flores y monedas se tiran al mar, un mar especial, crecido y en calma, como consecuencia del acercamiento de la tierra al sol. Aquí , la necesidad de evitar el deterioro de la playa, lugar elegido tradicionalmente para las hogueras, implica su prohibición absoluta; la celebración se convierte en una romería masiva de jóvenes y mayores hasta la orilla, donde hacen la ofrenda y muchos se atreven con un baño "que quita los males" según los que lo han probado.
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