EL OSCURO Y POLVORIENTO DESVÁN DE MI MEMORIA.
La vida secreta de las palabras, donde despiertan las letras dormidas, imagenes robadas, sueños lejanos...un verso, una rima, un poema inacabado, la poesía del desconcierto en movimiento, la prosa adaptada al sentimiento de necesitar expresar lo que siento en cada momento .
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" Sin la música la vida sería un error " Nietzsche

John Cassavetes

John Cassavettes
John Nicholas Cassavetes (Nueva York, Nueva York, Estados Unidos, 9 de diciembre de 1929 – Los Ángeles, California, Estados Unidos, 3 de febrero de 1989) fue un actor, guionista y director norteamericano. Se le considera un pionero del cine independiente americano.
Cassavetes murió de cirrosis hepática en 1989, a los 59 años. Sus restos se encuentran en el Cementerio Westwood Village Memorial Park de Los Angeles, California.Casado con Gena Rowlands (1954-1989)
Su hijo, Nick Cassavetes continuó sus pasos como actor ("Face/Off") y director ("John Q").

Rostro habitual del cine de los sesenta y setenta, la filmografía como director del neoyorquino John Cassavetes puede considerarse la demostración palpable de que el cine independiente, fuera de las directrices y limitaciones de los grandes estudios, con historias alejadas de tópicos y de géneros, era posible en una época donde el Hollywood clásico empezaba lentamente el proceso de disolución que hace tiempo que culminó.


Llama la atención la diferencia de intereses entre el Cassavetes actor (Código del hampa, Doce del patíbulo, La semilla del diablo, La furia o Mi vida es mía) y el director, alejado de los grandes presupuestos destinados al espectáculo y más pendiente de temas humanos y sociales, como en su sorprendente debut, Shadows (1960), que trata del drama de una chica de color que se hace pasar por blanca, rodada con actores desconocidos, al margen de estudios, y que, sin embargo, gozó de excelente aceptación.
Desgraciadamente, el éxito de esta película llevó de nuevo al Cassavetes director al gran Hollywood, donde las promesas de libertad y de no injerencia por parte de los estudios sólo su cumplieron a medias, habiendo de combinar su original visión con los esquemas comerciales de los grandes productores. Allí dirigió una cinta sobre un grupo de jazz (Too late blues, 1961) y otra acerca de un centro de educación para disminuidos psíquicos (Ángeles sin paraíso, 1963). Cassavetes se ha alejado de sus propios objetivos aceptando colaborar con los grandes estudios y, además de sentir que se ha traicionado a sí mismo, es evidente que el resultado final de las películas se resiente. Tras cinco años sin dirigir, vuelve la mirada a sus orígenes como director y a su gusto por los rodajes directos y desnudos que propugna la Escuela de Nueva York (dentro del New American Cinema), y que consiste en una forma realista de rodar (el movimiento Dogma asimila en parte esta visión del cine) fundamentada en que el espectador no puede discernir si lo que ve es fruto de la improvisación, de la cuidadosa preparación, o de ambas cosas a la vez, siendo imposible separar una de otra.
En este retorno a la esencia Cassavetes rueda Faces, Husbands y la estupenda A woman under the influence.

Donde da rienda suelta a su particular estética repleta de situaciones políticamente incorrectas, de moral laxa y en el filo de los límites. Sin embargo, su particular estilo de arte y ensayo perdió el favor del público (Así habla el amor) y Cassavetes pasaría varios años sin rodar concentrado en su carrera de actor en mediocres películas bélicas o de espionaje. Con todo, vuelve a dirigir en 1980 y triunfa en el Festival de Venecia con el thriller Gloria, protagonizado por Gena Rowlands, esposa del director. Vuelve a combinar el gusto propio con los esquemas tradicionales del cine comercial de los grandes estudios, pero esta vez la mezcla es propia y voluntaria, y el resultado es magnífico.

Como ocurre tantas veces, será en Europa donde gane el reconocimiento que se le niega en su propio país, y el Festival de Berlín volvería a premiarle con Corrientes de amor, cinta inferior a Gloria y que deja clara la frescura y poco convencionalismo de Cassavetes como cineasta pero también muestra cierta confusión y pérdida de ritmo y de pulso.
“Lo que cuenta es la intensidad de las emociones. Quiero que nadie se sienta culpable por tener algo que comunicar. Lo revolucionario es la libertad de expresar sus propias profundidades”, dijo Cassavetes en una entrevista. Esta postura creativa se compatibilizaba perfectamente con el Manifiesto (de nuevo vemos de dónde ha extraído muchas de sus ideas el movimiento Dogma) de la nueva ola cinematográfica americana, y que resulta extrañamente (o no tanto) aplicable en la actualidad, y si no, veamos un fragmento del manifiesto:
“El cine oficial a través del mundo está a punto de acabar. Su moral está corrompida, su estética es caduca, sus temas son superficiales, sus intrigas fastidiosas… Creemos que el cine es la expresión de una personalidad indivisa. En consecuencia, rechazamos la intervención de los productores, distribuidores y financieros hasta el momento en que nuestra obra está presta para ser proyectada sobre la pantalla… Estamos por el arte, pero no a expensas de la vida. Nuestra convicción es que no se pueden fijar principios clásicos, tanto en el arte como en la vida” (28 de septiembre de 1960).

Podemos comprobar fácilmente cómo los problemas y defectos del cine de entonces se han amplificado hasta la náusea en nuestro tiempo, al igual que el número de cineastas que pretende salir del circuito tal y como se ha conocido hasta ahora. Pero también sabemos que las grandes compañías de cine independiente son ya filiales de los grandes estudios, y la autenticidad, la visión personal, la originalidad, el desmarcarse de los grandes presupuestos y de la superficialidad (cuando no directamente imbecilidad) del cine mayoritario, queda en manos de los mismos productores que financian la basura al por mayor que rebosa en los cines. Se puede decir que el movimiento iniciado por Cassavetes murió de éxito, pero que periódicamente, como ha ocurrido con el movimiento Dogma, resurge de sus cenizas para recordarnos por qué el cine ha sido considerado el séptimo arte, incluso a pesar de la bazofia con la que insisten en condenarnos desde Hollywood durante los últimos treinta años.

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